Desde hace cincuenta y un años, dos meses y catorce días, Ernesto Pacheco ha cenado huevos fritos todas las noches de su vida. En primavera, en tiempo de vendimia, en la temporada de la recogida del ajo, en las largas noches de invierno tras las aún más largas jornadas de recolección de la aceituna… Todas las noches desde que contrajo matrimonio. Sabe que le queda poco tiempo de vida y entiende que pronto va a apagarse.
Cada mañana, antes de ver despuntar el alba, Ernesto sale de la cama con el primer canto de su único gallo, se dirige al corral para recoger los regalos que cada día le hacen sus amables gallinas y los deposita en una nevera repleta de huevos, que abastece a su familia y a gran parte del vecindario. Amparo Loeches, su delicada y enfermiza esposa, procede al ritual cada atardecer, justo media hora después de llegar la puesta de sol. Saca dos huevos del frigorífico bajo la atenta mirada de Ernesto, que examina el trabajo de su mujer hasta que rompe las cáscaras y el aceite de la sartén empieza a cantar la canción de cada noche. Entonces Ernesto se sienta frente al televisor y deja que Amparo termine de freír los huevos. Pocos minutos después se produce el milagro; la cena está en la mesa, dos hermosas yemas naranjas inundan un enorme plato, la clara es de un blanco brillante y carnoso que acaba por desvanecerse en el contorno tostado que marca la frontera del manjar. Tal y como a Ernesto le gustan.
El plato está bien flanqueado por una botella de vino blanco y una hogaza de pan de leña. Todo lo que compone la cena (los huevos , el aceite, el pan, el vino) es casero. Ernesto odia los productos envasados en plástico, ha decidido no comer nada que no se haga íntegramente en su pueblo. El médico hace varios meses que le prohibió los huevos, pero él no le hace caso. Sabe que le puede matar el colesterol, pero prefiere que lo maten sus gallinas, que son las que le han alimentado todos estos años. Ellas, más que nadie, tienen ese derecho, así que Ernesto disfruta de sus huevos fritos mojados con pan y remojados con vino mientras piensa en la gallina que ha enterrado esta mañana. Ya sólo le queda una en el corral. Y el gallo, que le sirve de despertador, pero no pone huevos. Esa última gallina le marca la frontera con la vida.
Después de cenar, Amparo se ha ido a la cama, dejando a Ernesto en su sillón pensando en la última gallina. Aún no tiene sueño, muy raro en él a estas horas, así que decide levantarse y sale al patio. Hace una noche estrellada, con una gran luna que parece un queso tierno. A él todo le recuerda a la buena comida del pueblo, así que se queda mirándola un rato y después se encamina al corral, donde dormitan el gallo y la gallina. Sin pensarlo dos veces, agarra un palo y mata a las dos aves, que caen con sendos golpes sobre la paja del gallinero.
Como si no hubiera hecho nada, sale del corral como entró y se dirige a la cocina a oscuras. Allí, sin encender la luz, abre la nevera y cuenta los huevos que quedan: catorce. Siguiendo con la cuenta habitual de cada noche, tendría para una semana. Ernesto lo vuelve a pensar y cada vez lo tiene más claro. Se va a la cama y le da a su mujer la noticia de lo que acaba de pasar en el gallinero. Amparo le mira y asiente. Los dos se duermen agarrados, como hace años que no ocurría.
A la mañana siguiente, Amparo y Ernesto van a hacer gestiones. Visitan al notario y allí mismo queman su testamento. Ponen la casa a nombre de un matrimonio joven que vive de alquiler en la casa de la esquina. Van al tanatorio y pagan un funeral doble para dentro de una semana. Después se van al banco y transfieren todos sus ahorros a una cuenta de Unicef. Vuelven al hogar antes de que anochezca. Amparo fríe los huevos para su marido. Los dos cenan en silencio, mientras se miran con todo el amor del mundo. Ambos están muy enfermos, pero tan enamorados como el primer día. Se van a la cama y vuelven a dormir abrazados una noche más.
En la nevera quedan doce huevos.



Buen día Rober
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Camila Torres
¡¡ Los huevos fritos me vuelven loco!!
Muy bueno Roberto, muy bueno.
Obviamente, esto nace de aquella singular conversación sobre huevos y gallinas…
excelente, rober, me ha encantado… esa última gallina sí que valía mil euros! (chiste interno)
resulta que también se puede morir de comer alimentos frescos, hallazgo que agradezco ver plasmado en este relato simpatiquísimo y bastante escalofriante… lo que hacen la costumbre, la rutina y eso que llamamos amor!
muy muy bien, estás en forma!